15 jul 2014

Entre sapos y príncipes.

Nicole no besa sapos.
Los sapos, avivados, siempre se escapan. Tanto mejor para ella.

Tampoco besa príncipes.
Los príncipes, nunca fueron su estilo.

Por eso Nicole besa hombres, ni más, ni menos.
Con algunos decide pasar las barreras  de su honra, esa por la que tanto le insistieron para que fuera defendida. Sin embargo Nicole, prefiere cultivar su bien être. Su honra le concierne únicamente a ella y es quien decide cómo definirla. Es así como deshace todo un castillo de normas y valores preestablecidos en los que su propio goce se convierte en prioridad.

Cuando tumba las barreras se enfrenta a la masculinidad de los hombres normales, los que no fueron sapos ni se convertirán en príncipes.
En innumerables  lugares del mundo su placer y deseo es ninguneado y donde no lo es, suele ir definido a una dependencia fálica.  Un esquema de valores patriarcales en los que la relación íntima se define como exitosa sólo y cuando él logra la absoluta rigidez.  Nicole detesta este valor, pues ella acepta la flexibilidad. A veces le molesta si llega en exceso, pero no se ata a la idea de éxito que busca complacer el ego de la masculinidad.


Nicole adora su cuerpo ya sea con contextos rígidos o flexibles, pues sabe que siempre podrá disfrutar independientemente de ellos. Entonces, ¿por qué le niegan el placer cuando la rigidez se desvanece? 
Las quejas y disculpas de aquellos que se sienten abandonados de la que se supone debe ser su esencia  le llegan y fatigan una vez más.  Y ahí, de nuevo, entre lamentos y justificaciones se siente de nuevo, orgullosamente hueca.

26 jun 2014

Lo que era y lo que fue.

Era enero.
Era de noche.
Hacía  frío.

Y apareciste…
Primero te pensé,
Luego desapareciste. ..
Y rápidamente me olvidé de ti.
Pero, “más pronto que tarde” como dijo aquel presidente,
reapareciste.

Entonces te tuve, y de nuevo, te pensé.
Luego, te re-pensé.  
Pero me desgasté.
Por tanto, te desaparecí…
Asesinato,  ¿con o sin alevosía?
A veces me da miedo no tenerte miedo.


23 jun 2014

Mendigos.

Cuando se llega a la idílica Paris, lo que menos  espera encontrar cualquier visitante son tantos lugares repletos de gente viviendo en la calle. La hora del día determina la cantidad y el lugar donde se ubican estas personas. Las avenidas donde se concentran los templos del consumo guardan una imagen limpia de estos seres durante el día, convirtiéndose en auténticos campamentos base durante la noche.

Ciertos habitantes de la ciudad poseen sus lugares de manera fija, así por el día como por la noche y son parte del paisaje, tanto como cualquier elemento urbano. Es por ese motivo que se permiten un “Bonjour” cuando se cruzan con los vecinos del barrio así como alguna que otra corta conversación con ellos.

Todas estas personas son comúnmente denominadas mendigos. Las peticiones más habituales que realizan son: una moneda, un ticket restaurante o algo para comer. La tercera opción es fácil conseguirla cuando pasan las horas sentados al lado de las panaderías,  comercio arraigado en la cultura francesa.
Sin embargo, hay mendigos con hogar, mendigos que se guarecen del clima y preservan su intimidad. Pero, ¿qué mendigan las personas con hogar? Algunas mendigan compañía, rellenar el tiempo de una soledad insoportable en una ciudad que avasalla. Otras personas llegan más lejos mendigando incluso amor, anteponiendo sus propios principios y quehaceres a la voluntad de esas personas que simularán quererlos por unas horas, tal vez días.

Es así como cada día, los visitantes se cruzan con una cantidad de mendigos que jamás hubieran imaginado, sobre todo, si tenemos en cuenta que los mendigos con hogar son invisibles y que su recuento siempre pasará  por alto. 

Entonces, ¿cómo y cuándo acabar con el problema de la mendicidad? 
C’est ça la question !!


17 jun 2014

Trenes.


Otra vez estoy ahí, sentada, mirando las vías y esperando que llegue el siguiente metro que me acerca a ti. Una estación peligrosa en la noche y concurrida por el día. Sin embargo, las precauciones y las aglomeraciones pasan de largo por mi mente en la cual ahora sólo tú, estás presente. 

En cada tren que me acerca, las ansías recorren cada una de mis venas. Una carrera entre andenes para evitar alargar la espera en mi unión a ti, siquiera, cinco minutos más.
Minutos más tarde no hay nada a que temer, ni nada que recordar ni ansías que aplacar. De nuevo te tengo ahí, a mi lado. Entonces la realidad se desvanece, podría buscarla a través de las ventanas, pero no, ahora la realidad de fuera no importa,  más sin embargo, existe. 
El tiempo, cómplice, nos maltrató. Pero ¿cómplice de qué? Cómplice de que las horas a tu lado se convirtieran en segundos imposibles de congelar, cómplice de devolverle la importancia a la realidad a través de las ventanas, cómplice de la corta duración de las noches de junio, cómplice de recordarme que de nuevo debo partir...

De nuevo, sentada mirando las vías, espero cada uno de los trenes que me aleja de ti, en los cuales tú recuerdo, invadirá mi pensamiento.
Hay evidencias en mí de mi paso por ti. La evidencia de la sensación que tú piel genera en mi organismo, el cual alteras llenándolo de desvelos. Nos comimos las horas, vos me comiste el sueño, el hambre, más sin embargo, me llenaste.
La realidad golpea la puerta donde se reconstruyen mi esperanza e ilusión, golpea y entra dando órdenes preventivas de futuras heridas, ¿será posible acercarme a ti  sin herirme y alejarme de nuevo sin que me duela?

El metro llegó y al subirme a él tomo consciencia de que París me sigue ofreciendo nuevos rincones, y es así como con el paso de los días, semanas, meses y pronto años... la ciudad, se sigue anclando en mi.





31 may 2014

Millones .

En el momento en que las cosas toman el rumbo que imaginábamos que iban a tomar pero no deseábamos que tomasen, nos damos cuenta de que duele. 

Duele no una vez, ni dos, duele millones. 
Esos millones que siempre caen para hacernos conscientes por enésima y enésima vez que millones no es suficiente para las realidades que las mentes conocen y los corazones no reconocen.

Y resulta que hay todavía, más que millones, pero ¿hay millones efectivos o jamás llegan?
¿De qué depende la efectividad de ese millón? 
Una vez más, de la voluntad. 
No es un número lo que marca la aceptación de la situación, sino que es una decisión, una actitud y su determinación lo que va a provocar ese final efectivo.

Millones en una actitud de negación son iguales a cero. 
Sin embargo, ¿cambiar para qué todo siga igual? Pero no seguirá igual siempre que queramos que no lo sea.
 Y en lo que concierne a los azares y destinos  “incontrolables” pues bueno, que se descontrolen. 

62, rue Legendre, Paris. 
31 de mayo de 2014. 

13 may 2014

Hágase la oscuridad.

Todavía no es de noche cuando empiezo a mostrarte mi desnudez. Tú te sorprendes y tratas de advertirme del riesgo, pero ¿sabes? yo no le tengo miedo a mi desnudez en la claridad, por muchos descrita como vulnerable. Ya me cayó lluvia, nieve, granizo, también me quemé por el sol. Me paseé golpeada por las inclemencias del clima con una luz (in)soportable.

Tú te escondes en la noche y cuando en ella, trato de alumbrarte, me golpeas fuertemente para evitarlo. Estás tan escondido en la oscuridad que no soportas mi desnudez visible, la ignoras. Me paseé desnuda ante ti con infinitas luces brillando sobre mí, pero tú ceguera me derrumbó. Así que me cubrí y me sorprendí al descubrir que me mirabas de la misma manera  que cuando estaba desnuda, sin verme. 
Me odias por descubrirme porque no soportas tú propia desnudez. Yo ansío verte desnudo, pero cuando traté de desvestirte me golpeaste casi más fuerte que la lluvia incesante de este mes de abril, lo cual me dolió más que mi vulnerabilidad expuesta a plena luz. 
Me presenté desnuda a desvestirte, te reíste de mi desnudez y te defendiste de la tuya. 
La oscuridad tu refugio, mi desnudez tú rechazo.

Por momentos, con tu oscuridad absoluta, me resultas más insoportable que la luz repentina luego de un plácido sueño en la absoluta oscuridad. Creía que podía soportarte, cuando me di cuenta de lo difícil de mi misión, me resigné a no hacerlo más. Pero mi personalidad quiso que me enfrentara de nuevo a ti. Me vestí la desnudez para soportarte entre armaduras de hierro. Me paseé muchas veces desnuda, vos me seguías viendo sin mirar, y cuando aparecí vestida ni cuenta te diste. 
Entonces descubrí que lo que me dolía no era mostrarme, sino, que no me vieras.
No soporto esta armadura que me cubre la desnudez diurna dejándola al descubierto en la oscuridad, donde no me ves ni aunque quisieras. Es demasiado pesada para mí. 
No soporto intentar soportarte, ni mi armadura ni tu oscuridad.

Sin embargo la temida luz siempre llega por las mañanas y a ti te tocó dormir en una habitación sin persiana. Sobre la ventana, la cortina más gruesa y oscura que jamás haya visto.
Deberías tapiar las ventanas, esas por las que ni un mínimo resquicio de luz brotaría en el más absoluto apagón de París, así Haussmann se retorciera en su tumba, pues estoy segura de que si te conociera, lo entendería, ya que hay oscuridades como la tuya, (im)posibles de mitigar.

Cuando decido soportarte, descubro el límite temporal de mi capacidad de soporte, y lo curioso es que el peso de los días se hace cada vez más insoportable. Y es tan insoportable que me planteo mil y una maneras de soportarlo. Y recuerdo… recuerdo aquella última vez, cuando decidí ir a soportarte sin prever que luego, nuevamente, no podría hacerlo más. Pero no, no me enfado conmigo por eso. Estoy acostumbrada a pasearme desnuda, haya o no luz,  yo se conocer y aceptar mi desnudez, y si te da miedo, entonces andá y apagá, otra vez, la luz. 
Pues yo, no nací para vestir armaduras.

Foto: Hugo Passarello Luna. www.hugopassarello.com 


27 abr 2014

Domingo.

En el intento de no seguir marcas pautadas sobre cómo debería reaccionar, a Elena le tocó pasar por situaciones de estrés, incertidumbre y hasta temor. Ansiaba volver a ver a Diana, pero no quería espantar la oportunidad por un deseo precipitado. Las visitas se habían tornado frecuentes, hasta que de repente un día, sumaban semanas sin un solo encuentro. Tanto desgaste emocional acumulado en esa casa durante años no podía seguir creciendo, optó por arrancar las emociones que Diana empezó a generar en ella, para después de un escueto duelo, volver a la frialdad. Pero le resultaba  raro sentirla lejos, lejos de aquel nicho que rugía en el silencio por las noches, donde gritos y gemidos de pasión ahogaban la muda oscuridad. Se habían explorado  a ciegas, en una entrega total que desembocaba en pérdidas de noción del tiempo, cuando parecía que habían pasado horas, aún no amanecía y cuando creían haber despertado temprano, el medio día las alcanzaba.

Elena tenía la casa repleta de objetos, algunos regalados y otros tantos adoptados de la calle. Un día, encontró unos zapatos nuevos que gustaban a todos excepto a ella, y aún así, los usó tanto que nunca olvidará aquel día cuando un diluvio le terminó mojando los pies obligándola a no poder usarlos nunca más. También había encontrado un lindo abrigo que usó en  varias salidas, algunas de ellas, “elegantes”. Sin embargo, esa tarde, cuando ahí, en la puerta de casa, Gabriel  la vino a buscar y encontraron el patín, se dio cuenta de que se había empezado a olvidar de ciertos maravillosos encantos que tiene la ciudad, como el de encontrar objetos más o menos útiles, sin ningún tipo de esfuerzo.

Juntos,  salieron a patinar en ese día que decaía por minutos, y Elena comprendía que lo importante no era tanto buscar el patín para desplazarse, sino aprender a usarlo para no caerse, aunque supiera que una u otra caída por el camino siempre encontraría. ¿Sería Diana una de ellas?